magnolias invisibles.

 Enfrentar el teclado: una de esas acciones diarias que se convirtió en un fantasma que acecha en silencio en una esquina de la habitación. Uno que no es ese tipo de fantasma que encarniza un vestido favorito que ya no te entra y acumulás en el ropero, es enfrentar el vacío.

 Pararse en la nada y sentirla, es de alguna forma como el duelo y quizás es eso mismo. En la primer escena hacés pequeños chistes, no estás muy consciente y todo el mundo te mira con lástima, te llenan de correspondencias con condolencias que de momento no te importan. Todo parece una presencia abrumadora, pasan los días (y los meses) y lo que era una multitud de personas se transforma de a poco en una multitud de sentimientos que se agolpan y se atoran ahí, en ese pedazo de la garganta que duele al tragar. 

 La vida sigue y la observás, pero ella no se detiene a observarte enredada entre las cerdas del cepillo que te impide arreglarte un poco y salir a acompañarla. Escribo sin la cadencia, si la chispa, sin mí. Desde que te fuiste estoy sin mí. 




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