Malea sobre Migliara.

       Derribada por esta actitud de empatía maternal, la necesidad primitiva de zurcir calcetines, la costumbre absurda de querer repararles alas rotas a pájaros muertos y una colección infinita de taxidermia entre los muros de mi septo. Observo y apenas parecen dormidos... tengo una galería de hermosos ejemplares en cajas de cristal y ya no me apetece cepillar sus cabellos.
        Me doy una zambullida en el caos donde me desarmo en pedazos inconexos, desvarío en letras, en prosa libre, en sal de mar que brota por mis ojos mientras un grillo silba incongruente en el invierno y mi boca traga esta puta angustia que va y viene de mi garganta, que cobra caro y reclama entrega. Vuelvo a las criaturas petrificadas, a sus miradas frías, al principio de lo que quería contarte cuando encontré esa postal sin destino. Quizás, en el fondo, sólo quiero cepillar sus cabellos.

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     Ahora pasaron los años y mientras estoy desayunando me aborda un recuerdo sobre Migliara y el libro cuya portada no recuerdo, la experiencia de lanzarme de saltos de agua y caer aplomada en ollitas profundas sólo actualizó mis viejas costumbres. Hoy sólo reparo alas rotas de pájaros para asegurarme que puedan volar lejos de mí, coleccionar esa angustia en frascos de recordaciones yertas se vuelve cotidiano y está bien. Pero quiero nadar en lo pandito, perfumar con lirios las espaldas de golondrinas que regresan del norte, que las primaveras reverdezcan un poco y me sirvan para atreverme a levantar las persianas dejando que entre otro poco el sol.
    Creo que debería tomar ese libro y esconder de nuevo la postal entre sus páginas, devolverlo a los estantes para que alguien en algún momento, quizás yo, se pierda un rato entre las columnas de Migliara sin remitente.


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