Otra puesta de sol.
Casi treinta cartas atravesaron el océano con la esperanza absurda de hacer enmiendas. Viajaron treinta bombas de un buzón a otro, explotaron en el momento exacto en melopeas de cuando caminábamos por las calles de invierno en las primeras vacaciones. Si era malo para el sol, o si moríamos en veneno, si las sábanas eran de seda o si el destino estaba marcado desde el comienzo, nosotros decorábamos nuestras calles con total indiscreción.
Las casi treinta cartas no fueron suficientes para quitarme de la monotonía del encierro forzado, entonces me enviaste una cinta anónima, de esas que colecciono en mis cajones. Eso me arrastró a este arrebato de letras tecleadas como golpes de granizo en la peatonal nocturna de la ciudad. Apelar a la elasticidad de mis fibras, a la vibración que surge de mi melancolía, a las cualidades plásticas de mi perdón (que cuando llega es absoluto) a través del anonimato fue esta vez un tanto efímero. El cielo está pintado e inmóvil, al plenilunio le antecede el arrebol.
Recién se me voló una idea y ya no pude alcanzarla, quedé atrapada pensando en el alivio tenebroso de los finales.
https://open.spotify.com/track/21yCBvTxZJBRE5g2QJTgny?si=LUumZPaDRICZOuOqlyvoCw
Las casi treinta cartas no fueron suficientes para quitarme de la monotonía del encierro forzado, entonces me enviaste una cinta anónima, de esas que colecciono en mis cajones. Eso me arrastró a este arrebato de letras tecleadas como golpes de granizo en la peatonal nocturna de la ciudad. Apelar a la elasticidad de mis fibras, a la vibración que surge de mi melancolía, a las cualidades plásticas de mi perdón (que cuando llega es absoluto) a través del anonimato fue esta vez un tanto efímero. El cielo está pintado e inmóvil, al plenilunio le antecede el arrebol.
Recién se me voló una idea y ya no pude alcanzarla, quedé atrapada pensando en el alivio tenebroso de los finales.
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