Aviso de desalojo a bordo del Argo.
- A quien mira ámbar el despertar.
Hace ya algunos meses, antes de zarpar, envié desde el puerto de Págasas el telegrama formal, sin embargo seguramente pensaste que era un juego y no más. Me viste desde tu vuelo pausado moverme nerviosa por la acrópolis buscando la oficina del notario y para calmar las aguas una que otra vez me distrajiste en el pavoneo de tus plumas.
Quizás me creíste con un corazón demasiado clemente. Y sí, tratándose de mí era de esperar que te esperara, que le rezara al alba que te quedaras, que le rogara a Eleos que me sanara o que asfixiara el rescoldo de grasa de ballena que iluminaba mi noche deseando que estuvieras allí. Pero en el hastío de navegar a barlovento lancé tu petate por la borda.
Cuando el rumor de mi desacato comenzó a correrse los hubo a todos los tritones, partidarios del exceso y las guarradas, danzando con premura frente a la proa. Pero yo te buscaba, esperanza vacua y cetrina, en el vuelo impávido de un albatros que rodeara el navío.
Así los días pasaron y el mar no daba tregua, hasta que hace unas noches Selene cantó victoria y calmó la tormenta iluminando todo bajo su manto de plata en las costas nubias. Yo deambulaba por la cubierta, agobiada por el viaje y sus vaivenes, cuando una constelación rompiose en el cielo y una estrella cayó sobre mi cabeza, la tomé pequeñita en mi mano como a un camafeo y le sacudí el polvo de millones de años viajando por el espacio, pasé los dedos gentilmente por su relieve y lanzó una carcajada nerviosa que me sumió en el más profundo de los sueños.
Desperté en tierra esta madrugada, con la boca llena de miel y un Dioscuro de ámbar colgado en mi cuello. Liberada al fin de aquel castigo helénico, de las trampas de Zeus, de los cantos de Orfeo.
Magdalena Ravanelli.
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