De noches y de casas.

     Algunas noches nos encontramos los tres explotando en risas y caminando por la casa mientras por los burletes rotos se cuelan las nubes, y es otro fastidio: nube adosada al algarrobo de los muebles, nube que vuelve pegajoso el cuero de las sillas, nube que llueve en las paredes. Pero hay una vida entera en el umbral de cada puerta y cuando paseo por las callecitas de la ciudad, estoy evitando la avenida y con ella alguna puerta donde yace un futuro que no fue.   
           Acumulo ausencias dentro, y despierto con este pánico a sumar nuevas. Sin embargo son pardos como la tierra mezclada con el pasto los ojos del nuevo día que miran con tranquilidad incómoda mi desfile a través del corredor. Me ven girar la llave de la puerta de una nueva casa que está hecha de páginas en blanco que se apilan convertidas en cartas y me exigen respuestas. Ya  sabés lo que hago cuando algo me exige una respuesta, me escabullo mientras juego mi papel de ser un poco ciega y "no veo" los sobres que se acumulan en el buzón.
          Es precisamente eso lo que me gusta de este amanecer, que me besa cuando volteo en la cama, que es como un cine que proyecta lo magnífica que puede ser la existencia cotidiana, que encierra momentitos repletos de un folklorismo de almohada blanda donde recostarme sin miedo a levantarme con la cabeza descompuesta, que no me exige nada y que no hay mucho que descifrar, que es un montón de cosas que me pierdo cuando estoy soñando que duermo en la casa de la avenida donde ya no tengo más que hacer. 
          Te decía antes que me abruman las preguntas pero acá estoy, como una masoquista escribiendo esta carta llena de respuestas sádicas que nunca cuestionaste. Siempre fui ágil para los juegos de palabras, para ofenderme y para con absoluta facilidad colgar en mi hombro mi clocharde y alejarme en un ademán dramático que sólo inspira risas, pero todo esto ya lo sabés, lo explico para crear la imagen que enternezca los callos que rodean maltrechos al recuerdo desgastado de un amanecer de café y marañas.
Magdalena Ravanelli.


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