Todas las muertes de un viernes.

Cuando el caos parece consumir todo a tu alrededor, y estás a sabiendas de lo imposible que resulta salvar la noche, salvar el día, curar el alma. Te encuentra el crepúsculo muriendo un poco, te encuentra en tu habitación con las sábanas desparramadas, en la soledad de un orgasmo amargo, intentando darte un poco de amor y no satisfacer un deseo. ¿Dónde encontramos tibieza y hogar cuando caminamos a ciegas entre laberintos de la taiga infructuosa? La respuesta es una, no encontramos nada (en ningún lugar). Nos morimos nimios, vacíos (solos). Pero quedamos un poco vivos porque de alguna manera el motor queda encendido, el cielo se aclara y augura un nuevo día, y un nuevo día es una nueva oportunidad para volver a fallar, y volver a perecer en este mundo tan gélido y abandonado.
 Voy a elevar esta plegaria, voy a desear que se cierren todas las puertas, las ventanas, que se caigan los puentes que construí para cruzarte, que las carreteras que mis dedos fueron dibujando por las venas de tu vientre se deshagan, y se borren junto a las murallas con las que protegí lo sagrado de un sentir que inevitablemente es absurdo y avasallante, este amor de esclavo por su amo, de hueso por su perro, de muerto por la vida,  amor de copos de nieve en el infierno de este enero.

Comentarios

  1. Las noches de los viernes mueren dando a luz el amanecer de un sabado que te encuentra desparramada entre las nubes.

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