Mientras Julio navega.
El reloj marca las dos, cuestionamientos absurdos deambulan por mi cabeza. Cómo Julio lograba ligar las palabras para crear un hilo perfecto. Cómo Julián, sin ser Julio, se atreve a reclamar un prestigio que no le es propio por decisión, que es otorgado por los mismos jueces que, a Julio, infinitamente más merecedor, le negaron. Cómo yo, sin tener sus nombres, sin tener sus tonos de voz particularísimos, sin esas "ges" que hacen a Julio, sin esa insubordinación dialéctica que hace a Julián, y sin gozar tampoco del don extraordinario, me acuesto y a la madrugada pretendo ser como ellos.
Queda así evidenciada mi admiración carnal por los poetas, veo su persistencia, su interés que se mantiene de pie por mero desinterés, y me subyugan. Pero detrás de estos dedos huesudos, que recalco, son lo único tan huesudo en mí como para afirmarse así, hay una cobardía infinita, por eso cuando amanezca voy a leer aburridos tratados de economía, y a sumergirme en las aguas calmas de una rutina inmaculada.
En fin, les contaba de Julio, que vive en mi mesa de luz desde hace años, Julio usó una garrocha para esquivar las reglas, caminó las callecitas que yo anhelo conocer e hizo con ellas historias que rebalsan mi capacidad perceptiva y me reducen a este ser frustrado que, descubre así, que ser crítico de arte tampoco será una buena profesión. Buenas profesiones que voy tachando de una lista de posibles y supuestos; permanecen allí, casi pulcros, los lugares de poeta y la carrera en la Academia, la última potable sólo por acción de los remos, la anterior impensable, por abulia de mis dedos que sólo cuando abandonan la estática forzada se mueven, y prefieren escribir los diarios de otros que no conozco pero imagino, o por lo menos, vagamente, los prólogos de sus diarios.
Sigo con el trote de los dedos, su percusión al correr sobre las letras, releo el párrafo anterior y pienso que encarno a menudo los personajes que antes esbocé, como si siguiera sus pasos, como si fueran calculados los aciertos y desaciertos que me llevan a ser como esos seres inventados. Entonces, me agobia un temor, temor que reside en que nunca les encuentro buenos finales y los obligo, como una cruel titiritera a morir solos y desalmados bajo el frío gélido de una noche ordinaria. Sé que no es allí hacia donde debo dirigirme, por eso apunto a Julio, que autorretratado yo no puedo alterar. Julio con su cigarrillo en la mano, con sus ojos distantes, con los dedos manchados de tinta, con el trajín del siglo pasado, Julio en los puertos viendo zarpar los barcos, Julio en el barco viendo alejarse al puerto. Enteros escenarios, enteras palabras alguna vez nos dieron de qué hablar, nos hicieron celar, reír, gritar. Todo lo que mis palabras, quizá por ser tan usadas, nunca conseguirán. Porque yo no las invento, no las dibujo siquiera sólo las ordeno esperando que con eso la furia tejedora que no habita en mí, hilvane un destino de aspecto al menos parecido a lo que puedo imaginar de noche, mientras duermo.
Ellos, los de los diarios, los susceptibles de ser descriptos cuyas vidas relato, no saben a ciencia cierta cuánto les conozco, sólo sé que no me conocen a mí y eso me basta, me basta porque no imaginan cuando están sentados en una plaza, bajo la luz de una farola de alguna ciudad, que dependen de mí para mover un pie, que dependen de mí para ser, y que si no se esfuerzan en clavarse en mi profundidad, pueden terminar como Justina, sí, la psicópata de la que escribía; abandonada sin destino, flotando en el vacío de los cuentos nunca terminados, de los personajes no muertos, no matados. Así, reflexionando remotamente sobre mis letras que golpean acantilados porque no encuentran desfiladero, pasan las horas y se agolpan las culpas, una detrás de otra, se juntan en mi pulmón y aspiran, y mi pobre órgano se contrae, entonces me ahogo mientras sigo nadando para ser espuma, mientras sigo escribiendo de a manotazos. Sólo me detengo cuando vuelvo a pensar en Julio sentado en el puerto, viendo zarpar los barcos, y en Julio mirándose desde el barco, alejándose del puerto.
Queda así evidenciada mi admiración carnal por los poetas, veo su persistencia, su interés que se mantiene de pie por mero desinterés, y me subyugan. Pero detrás de estos dedos huesudos, que recalco, son lo único tan huesudo en mí como para afirmarse así, hay una cobardía infinita, por eso cuando amanezca voy a leer aburridos tratados de economía, y a sumergirme en las aguas calmas de una rutina inmaculada.
En fin, les contaba de Julio, que vive en mi mesa de luz desde hace años, Julio usó una garrocha para esquivar las reglas, caminó las callecitas que yo anhelo conocer e hizo con ellas historias que rebalsan mi capacidad perceptiva y me reducen a este ser frustrado que, descubre así, que ser crítico de arte tampoco será una buena profesión. Buenas profesiones que voy tachando de una lista de posibles y supuestos; permanecen allí, casi pulcros, los lugares de poeta y la carrera en la Academia, la última potable sólo por acción de los remos, la anterior impensable, por abulia de mis dedos que sólo cuando abandonan la estática forzada se mueven, y prefieren escribir los diarios de otros que no conozco pero imagino, o por lo menos, vagamente, los prólogos de sus diarios.
Sigo con el trote de los dedos, su percusión al correr sobre las letras, releo el párrafo anterior y pienso que encarno a menudo los personajes que antes esbocé, como si siguiera sus pasos, como si fueran calculados los aciertos y desaciertos que me llevan a ser como esos seres inventados. Entonces, me agobia un temor, temor que reside en que nunca les encuentro buenos finales y los obligo, como una cruel titiritera a morir solos y desalmados bajo el frío gélido de una noche ordinaria. Sé que no es allí hacia donde debo dirigirme, por eso apunto a Julio, que autorretratado yo no puedo alterar. Julio con su cigarrillo en la mano, con sus ojos distantes, con los dedos manchados de tinta, con el trajín del siglo pasado, Julio en los puertos viendo zarpar los barcos, Julio en el barco viendo alejarse al puerto. Enteros escenarios, enteras palabras alguna vez nos dieron de qué hablar, nos hicieron celar, reír, gritar. Todo lo que mis palabras, quizá por ser tan usadas, nunca conseguirán. Porque yo no las invento, no las dibujo siquiera sólo las ordeno esperando que con eso la furia tejedora que no habita en mí, hilvane un destino de aspecto al menos parecido a lo que puedo imaginar de noche, mientras duermo.
Ellos, los de los diarios, los susceptibles de ser descriptos cuyas vidas relato, no saben a ciencia cierta cuánto les conozco, sólo sé que no me conocen a mí y eso me basta, me basta porque no imaginan cuando están sentados en una plaza, bajo la luz de una farola de alguna ciudad, que dependen de mí para mover un pie, que dependen de mí para ser, y que si no se esfuerzan en clavarse en mi profundidad, pueden terminar como Justina, sí, la psicópata de la que escribía; abandonada sin destino, flotando en el vacío de los cuentos nunca terminados, de los personajes no muertos, no matados. Así, reflexionando remotamente sobre mis letras que golpean acantilados porque no encuentran desfiladero, pasan las horas y se agolpan las culpas, una detrás de otra, se juntan en mi pulmón y aspiran, y mi pobre órgano se contrae, entonces me ahogo mientras sigo nadando para ser espuma, mientras sigo escribiendo de a manotazos. Sólo me detengo cuando vuelvo a pensar en Julio sentado en el puerto, viendo zarpar los barcos, y en Julio mirándose desde el barco, alejándose del puerto.
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