Apocando treintas.
Sabe a tabaco, a palabras al viento.
Al sol quemando los ojos irritados
de los rotos a pedazos,
a estar ausente de mí, a estar ausente de vos.
A cederle el dominio del movimiento
de mis caderas, a unas manos que no cuidan,
a despertar sin un abrazo,
al estertor cuando amanece y tengo el alma raída,
y no quiero salir de casa.
Porque ya no hay latas,
porque hoy se almuerza soledad enfrascada.
Vendí mis recuerdos para no anhelarlos,
entonces me viste desparramada,
y quisiste hender un poco más.
Deposito tinta y grafito sobre papeles en blanco,
me esfuerzo por dejar la vida en letras
pero hoy ganan la grima y el desamor.
Y la inercia que se niega
a desplazar tu cuerpo del mío,
hoy no vence al frío.
Allí tus piernas,
las que vivieron enredadas en el nudo
del poema que escriben tus sueños con mi desvelo,
se desatan,
corren y no puedo alcanzarlas.
En la esquina de mi cama,
la vacuidad me mira con sorna,
sabiendo que va a llevarse todo de mí.
Y me vuelvo nada.
Al sol quemando los ojos irritados
de los rotos a pedazos,
a estar ausente de mí, a estar ausente de vos.
A cederle el dominio del movimiento
de mis caderas, a unas manos que no cuidan,
a despertar sin un abrazo,
al estertor cuando amanece y tengo el alma raída,
y no quiero salir de casa.
Porque ya no hay latas,
porque hoy se almuerza soledad enfrascada.
Vendí mis recuerdos para no anhelarlos,
entonces me viste desparramada,
y quisiste hender un poco más.
Deposito tinta y grafito sobre papeles en blanco,
me esfuerzo por dejar la vida en letras
pero hoy ganan la grima y el desamor.
Y la inercia que se niega
a desplazar tu cuerpo del mío,
hoy no vence al frío.
Allí tus piernas,
las que vivieron enredadas en el nudo
del poema que escriben tus sueños con mi desvelo,
se desatan,
corren y no puedo alcanzarlas.
En la esquina de mi cama,
la vacuidad me mira con sorna,
sabiendo que va a llevarse todo de mí.
Y me vuelvo nada.
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