Deslucida.

Pudiendo ser luz de luna a ojos de tantos tontos,
 elijo ser luciérnaga de noche a tus pupilas.
 Efímera y veloz,
 chispa sólida,
 perenne.
Algunas veces, cuando sientes
 ganas, me regalas una mirada.
 Como quien dona zapatos viejos para sentirse bien,
me miras, y absorbes toda la luz que irradio,
usas mi cuerpo que se vuelve pequeño,
que desaparece a tu lado.
Entonces pienso, ya extinta sin resplandor,
 que podría endulzar los oidos
 de cuantos bobos con mis palabras.
Me acerco a gritarte mi repertorio de poesías amargas,
esas que antes gustabas.
Pero perdí la voz y mis palabras.
En un último patético intento
 quiero agitar espejos de colores,
 hacerte creer en la magia,
abusar del recurso onírico y te abro mis sueños.
 Tan pretenciosos que incomodan,
 tan agudos que aturden,
 tan brillantes que encandilan, entonces volteas.
Y me quedo siendo luciérnaga que no brilla
 ni para ti ni para otros.
Y muero opaca y muda.
Y ya nunca puedo conciliar el sueño porque volteas.


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