Camarote 27.



"Desde la perspectiva de lo efímero, partiendo de los infinitos cambios que ocurren en un pestañeo". Así es como sintió que emprendería su viaje.

 Tras armar las maletas y dejar los pendientes perlados en la mesa de luz se dispuso a dormir, sabiendo que su mundo no sería el mismo y consciente de que nada podría limitar la fluidez que guiaría su vida al amanecer. Las luces se apagaron, los ojos se cerraron, y prontamente el sonido mudo de las sensaciones colisionando la despertó. 
 El reloj marcaba las 3.00 A.M. Un mal comienzo (el círculo interminable del mal dormir que arrastra un cansancio posterior) no iba a impedirle el disfrute sincero de lo que tanto había deseado. Preparose un café, al que agregó leche tras verse en el oscuro espejo que emitía la taza, entonces la abstracción se apoderó de su mente y empezó a desvariar, a perder el tiempo hasta lograr que fuera tarde.
 Sus mañas: mal dormir, las deshoras, el miedo a los reflejos oscuros; parecían querer embarcarse con ella. En fin, era tarde, pero no tan tarde. Era un último momento.
 La adrenalina la impulsó para correr sobre sus zapatos por la estación, y en la plataforma el tren la esperaba ansioso. Se sentó en su camarote, las sábanas lucían raídas, translúcidas. El ronco ruido del motor, y la ausencia de personas cumplían con todas sus expectativas auditivas; el viaje comenzaba y todo podría cambiar como a ojos del camarote, cambian sus habitantes. Allí logró dormirse, deseando nunca llegar a destino y nunca volver al origen, siendo simplemente una viajera sumergida en la morriña del oscuro espejo de un café en telgopor.

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