Presa del desvarío.
Todos los espíritus decidieron poseerme esa noche, y por un momento fui presa del desvarío. Al punto de mentir sin sentido, al punto de lanzarme al olvido, o de desear que el frío en el balcón de ese décimo piso fuera a apagar el dolor de la caída, como si morir fuera mi olvido.
Cuando desperté me sentí en una canción, en un cuento, en una historia de esas que no entiendo, ¿Quién habita nuestro cuerpo cuando no somos conscientes? ¿Quién hizo en mi cuerpo que mi boca dijera lo que yo no pienso?
Aunque encuentre al culpable de tal maldito crimen, yo lo dejé entrar en el tercer vaso, cuando la ira tomaba el control de todo. ¿Y las mentiras? De mis labios salieron serpientes, de mis brazos se impulsaron leones y en mí quedo el triste recuerdo de un ser solitario, que queriendo ser de alguien, fue de nadie.
Entonces recuerdo cuando me querías, cuando mis labios sabían a miel en tu regazo, cuando sabía que tu perdición estaba entre mis muslos, y los mezquinaba para que los desearas, para que me tomaras. Una mañana, en lo pequeño de tu cama, dormías, yo te miraba, al acercarse la hora de la despedida, lancé por tu ventana mi reloj, nunca te lo conté porque me sentía enferma de poder, pude detener el tiempo para verte dormir un poco más.
Hoy le pediste al cartero que no te entregue mis cartas, y probablemente mojaste con lágrimas tu nueva almohada cuando la despedida llegaba de todas maneras, porque aunque lo añoraras, aunque la repulsión tiñera los recuerdos, ibas a extrañar lo que sentías cuando eras tan pleno que me asfixiabas para escucharme reír hasta el amanecer. Y no hay olvido, ni odio, ni asco, que borre tu respiración agitada cuando el sudor de nuestros cuerpos se evaporaba en nuestras pieles que sedientas relamían el néctar del placer, porque mi perdición se erguía sobre tus hombros, o se ocultaba bajo la sensibilidad de tu abdomen, y el olvido no tiene armas contra eso.
Si ahora tus ojos cruzaran mi imagen, que venida a menos sólo puede conservar el negro de sus ojos, tus labios no esbozarían una sonrisa que te traicione, harían una mueca, y los faroles café que daban vida al crepúsculo esquivarían las bolas azabaches de billar que quebrantaban tus reglas. Pero ese latir cálido de tu corazón delator, que todo el ruido de la ciudad no podría silenciar, pondría en evidencia que en tu alma se hace eterno el escozor que provocaban mis manos al descender desde el laberinto de tu cuello.
La esperanza anoche se apoderó de mi insomnio y me hablaba dulce, puede que embustera, y me dijo que el destino me invita a cumplir condena para recuperar mi libertad entre tus sábanas, que la cadena era perpetua pero que me traía una pala para que cave mi escape, que fuera cautelosa, que si no busco con cuidado puedo caer en el pozo de la desdicha, que si no soy negligente puedo encontrar la vida de los sueños con la naftalina de tu armario. Hoy el alba me halla en la celda de la tristeza, en la cárcel de la soledad, presa del desvarío, pero un día se sorprenderá de verme durmiendo junto al limbo de tu espalda, libre de toda carga, sonriendo al despertar, aferrada al ruego más sincero de los ruegos, a un clamor susurrante que te dice "no me sueltes".
Cuando desperté me sentí en una canción, en un cuento, en una historia de esas que no entiendo, ¿Quién habita nuestro cuerpo cuando no somos conscientes? ¿Quién hizo en mi cuerpo que mi boca dijera lo que yo no pienso?
Aunque encuentre al culpable de tal maldito crimen, yo lo dejé entrar en el tercer vaso, cuando la ira tomaba el control de todo. ¿Y las mentiras? De mis labios salieron serpientes, de mis brazos se impulsaron leones y en mí quedo el triste recuerdo de un ser solitario, que queriendo ser de alguien, fue de nadie.
Entonces recuerdo cuando me querías, cuando mis labios sabían a miel en tu regazo, cuando sabía que tu perdición estaba entre mis muslos, y los mezquinaba para que los desearas, para que me tomaras. Una mañana, en lo pequeño de tu cama, dormías, yo te miraba, al acercarse la hora de la despedida, lancé por tu ventana mi reloj, nunca te lo conté porque me sentía enferma de poder, pude detener el tiempo para verte dormir un poco más.
Hoy le pediste al cartero que no te entregue mis cartas, y probablemente mojaste con lágrimas tu nueva almohada cuando la despedida llegaba de todas maneras, porque aunque lo añoraras, aunque la repulsión tiñera los recuerdos, ibas a extrañar lo que sentías cuando eras tan pleno que me asfixiabas para escucharme reír hasta el amanecer. Y no hay olvido, ni odio, ni asco, que borre tu respiración agitada cuando el sudor de nuestros cuerpos se evaporaba en nuestras pieles que sedientas relamían el néctar del placer, porque mi perdición se erguía sobre tus hombros, o se ocultaba bajo la sensibilidad de tu abdomen, y el olvido no tiene armas contra eso.
Si ahora tus ojos cruzaran mi imagen, que venida a menos sólo puede conservar el negro de sus ojos, tus labios no esbozarían una sonrisa que te traicione, harían una mueca, y los faroles café que daban vida al crepúsculo esquivarían las bolas azabaches de billar que quebrantaban tus reglas. Pero ese latir cálido de tu corazón delator, que todo el ruido de la ciudad no podría silenciar, pondría en evidencia que en tu alma se hace eterno el escozor que provocaban mis manos al descender desde el laberinto de tu cuello.
La esperanza anoche se apoderó de mi insomnio y me hablaba dulce, puede que embustera, y me dijo que el destino me invita a cumplir condena para recuperar mi libertad entre tus sábanas, que la cadena era perpetua pero que me traía una pala para que cave mi escape, que fuera cautelosa, que si no busco con cuidado puedo caer en el pozo de la desdicha, que si no soy negligente puedo encontrar la vida de los sueños con la naftalina de tu armario. Hoy el alba me halla en la celda de la tristeza, en la cárcel de la soledad, presa del desvarío, pero un día se sorprenderá de verme durmiendo junto al limbo de tu espalda, libre de toda carga, sonriendo al despertar, aferrada al ruego más sincero de los ruegos, a un clamor susurrante que te dice "no me sueltes".
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