Nosotros, dos.
Tu imagen a contraluz, a media sombra, casi a oscuras, un poco clara, se vuelve el centro de la habitación, se hace siempre objeto de atención. Porque te desnudo un trocito de piel y es el ojo de la tormenta, donde todo comienza y todo es calma. El gato se enrosca sobre sí mientras ronronea, la ventana condensa el frío y la humedad, dejando correr hacia abajo algunas gotitas, análogas y precisas a las gotitas que corren por tu espalda cuando te tiendes agitado sobre las sábanas enredadas. Me estiro aspirando como un adicto el almizcle de tu perfume, y te beso la frente. Las yemas de los dedos recorren inconscientes las longitudes externas de nuestros cuerpos, nos mecemos, bailamos vilipendiando el poder del ahogo, dos tercos que vencieron sus propios esfuerzos por vencerse a sí mismos. Dos tontos que bailan en la penumbra y ríen heridos para sanar. Dos ilusos que tarde o temprano se vuelven a lastimar, pero más luego se juntan para curar, dos que hacen de una cama, ...