Muñeca de Selenio.
Cuando salí a desplegar sobre el césped las migajas de la cena que yacían en el mantel negro, un movimiento desmañado al extenderlo provocó que cubriera mis ojos, en ese momento sentí que se apagó el cielo y bien pronto se encendió. Intenté imitar la agitación improvisada de mis brazos que llevó al efímero instante en que el firmamento respondió al accionar absurdo de un interruptor de luz, pero sólo perdí el tiempo. Entonces por fin mi atención se centró en la sombría noche encendida, observé como su calma era espesa y sus nubes de seda fría, grises, opacas, danzaban destapando la Luna que se alzaba como una bailarina de burlesque, con la piel expuesta y la belleza desordenada y obscena. La Luna, muñeca de Bellmer, corrupta, desnuda, pronto apuró el pudor y se escondió en los paños de niebla, oscureciendo de nuevo el cielo, mas no tanto como cuando el mantel umbrío cubrió como un velo mis ojos tras dejar caer en el césped las migajas de la cena.